Peces y pequeños gestos solidarios

Nunca me he sentido cómoda en las pescaderías. Quizás se debe a la cantidad de ojos vidriosos que nos observan fijamente mientras hacemos la inevitable cola. Los peces no tienen párpados y no pueden dormir como lo hacemos nosotros.

Cuando era niña tenía el convencimiento de que la gente utilizaba la compra del pescado para comentar más temas de los necesarios y que la visita a esta tienda era una pura excusa para pasar el rato. Me daba la sensación de que se trataba más de una ceremonia especial que de una compra doméstica.

En eso ayuda también que mi conocimiento de la cocina es muy limitado y que mis necesidades suelen ser muy poco sofisticadas. Recuerdo perfectamente las primeras preguntas que me hicieron en la pescadería, ya sin el apoyo de mi madre, preguntándome cómo iba a preparar después un pescado, para limpiarlo y cortarlo de una manera u otra. Sinceramente, las primeras veces, devolvía la pregunta con otra, aunque esa pregunta también me volviera con otra nueva. En aquel momento, no tenía ni idea de la diferencia entre los filetes y las rodajas, ni tampoco qué contestar sobre la conveniencia de guardar las cabezas para hacer sopa. Yo simplemente intentaba acotar las preguntas que se me hacían a dos respuestas posibles y escogía la que se acercaba más a mi poco juicio sobre estos seres vivos escurridizos, con escamas y aletas. Tampoco sabía que contestar cuando me preguntaban a bocajarro cómo iba a preparar una merluza o si quería las huevas de un pescado. De hecho no sabía si era algo bueno o malo.

Uno no entra en esa dinámica hasta que se encuentra en casa con el primer pescado mirándote fijamente, el libro de recetas al lado y la mejor de las intenciones para sacar algo positivo de esa nueva aventura. Sin embargo, superado el inevitable aprendizaje, y los errores comunes que se van perfeccionando con el tiempo, el pescado ha ido entrando en nuestra rutina familiar. Y con ello, la ceremonia de comprarlo, hacer la cola pertinente, pagarlo y después prepararlo, esta vez ya contestando las preceptivas preguntas de forma adecuada.

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En estos días de cuarentena, además de gente irresponsable saliendo a la calle, te encuentras tres cuartos de lo mismo cuando sales a comprar carne o pescado, o precisas de alguien que te atienda. Desde niña, también me enseñaron que cuando en un establecimiento hay cola, uno va al grano, e intenta ir lo más rápido posible. Si queda algo pendiente ya se hará más adelante. Y por ello, siempre me ha avergonzado el tiempo que se me ha dedicado en un sitio cuando tengo gente detrás esperando.

Pero para el resto, parece que no es así. El pasado jueves pasé más de una hora haciendo cola en una pescadería. No lo haré más, al menos mientras dure esto. Me avergonzó el que tres personas delante de mí, pidieran una cantidad considerable de boquerones, con la pretensión de que se los limpiaran y quitaran cabezas uno a uno. Tres, tres de las cinco personas que iban delante de mí, quisieron los boquerones de esta forma. Y me avergonzó aún más que nadie terminara con aquello de alguna u otra manera soltando alguna fresca. Debo decir que las tres féminas protagonistas de aquella ceremonia, pertenecían a todos los rangos de edad, por lo que no era achacable a sus años dicha forma de actuar. En consecuencia la cola que se formó en la pescadería fue considerable, aunque mantuviéramos la obligatoria distancia de seguridad, y conllevó también que finalmente se tuvieran que cerrar las puertas del supermercado, con otra nueva cola considerable en la calle.

Creo que ninguna de las tres fue en ningún momento consciente del problema que estaban generando y tampoco ninguna se inmutó lo más mínimo ante mi mirada furiosa. A los boquerones, siguieron con el mismo ritmo el bacalao en filetes, el salmón en rodajas, la merluza o la limpieza de espinas. Yo echaba chispas por los ojos y el resto lo observaba como algo normal sin darle mayor importancia, lo cual es para mí aún más sorprendente.

En condiciones normales, ya me indigna que cuando hay una cola importante, cualquiera se recree comprando o pretendiendo que se le dedique tiempo y esfuerzo en exclusiva y monopolio. Yo reconozco que no lo sé hacer. Pero en las circunstancias actuales, lo veo además de una falta de sentido común y también de generosidad enorme. Quizás en las medidas del gobierno, se debería incluir que en los sitios que nos atienden, se nos va a dedicar X minutos a cada uno, para que algunos se enteren de lo que está pasando, porque por nosotros mismos está claro que no sabemos hacerlo. O simplemente que el pescado se venda tal cual y cada uno se apañe en casa, como bien hacían nuestras madres o abuelas. Ahora tenemos tiempo de sobra para raspaduras, limpiezas y demás historias.

Afortunadamente ya multan en la calle a los que actúan irresponsablemente, pero quizás alguno de los agentes debería entrar en un supermercado para controlar si realmente lo que estamos adquiriendo es imprescindible, tal como nos están pidiendo.

Pero es que lo mismo me ha ocurrido en la panadería. Hay gente que compra el pan y aprovecha para tomarse un café dentro, aunque estemos varios en la calle esperando, sin pestañear y sin ningún gesto de apresurarse lo más mínimo. Solo hubiera faltado el periódico dominical. Todo lo que no está prohibido, encaja dentro del patrón y es tolerable. Creo que si no cambian las cosas, con el paso de los días, alguien se descontrolará y además deberemos darle la razón; yo al menos, se la daré si es por este motivo. La realidad es que salgo muy poco y además no me gusta lo que veo.

En la vida, muchas veces me han repetido que tengo la piel muy fina. Yo creo que no es así y que hay mucha gente que la tiene demasiado dura. No entiendo esta forma de proceder y estos comportamientos en las circunstancias actuales para mí son incomprensibles. Todos deberíamos extremar los gestos hacia los demás, además de los lógicos cuidados con los riesgos para nuestra salud.

Para añadir algo positivo respecto a este asunto tan mundano, recuerdo que Saint-Saëns escribió esto tan bonito sobre nuestros peces: el famoso Aquarium del Carnaval de los animales. Dicen las malas lenguas que la música de la Bella y la Bestia es un vulgar plagio de esta obra. Quizás os suena aún más por esa razón.

Aquarium .- Saint Saëns

Y ya que estamos, si no tenéis suficiente, os adjunto también, el trozo más conocido de este Carnaval de Saint-Saëns con Yo-Yo Ma al chelo. Es este cisne tan famoso, que nos devuelve las esperanzas por lo que es realmente bonito y vale la pena.

Espero que os encontréis todos bien. Muchos ánimos y fuerza para seguir adelante. Intentemos entre todos ayudarnos y cuidar los pequeños detalles.

Tenemos tiempo de sobra para hacerlo. Ahora no hay excusas.

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