Confieso que el órgano es un instrumento que me produce un cierto repelús.
Sin embargo, esta sinfonía, que no es muy larga, considero que es una de las más bonitas que uno puede escuchar en esta vida. Y además una de las que un precioso final, con absoluto protagonismo para este instrumento, no produce ninguna de las sensaciones horripilantes que en otros casos este me ha sugerido. Hay pocas sinfonías en las que un órgano tenga un momento de gloria semejante al de esta sinfonía nº 3 de Saint-Saëns.
Quizás esto me viene de algún recuerdo de niña lleno de acordes descendentes que acompañaban una escena tremenda en alguna película mala de terror en blanco y negro, que hacía aparecer mis miedos infantiles.

O puede ser que la sorpresa que te llevas cuando entras en una iglesia desconocida en la que te tropiezas con este instrumento sonando de fondo. La penumbra mezclada con la música logra que cuanto más te concentras en esta, la negrura sea mayor y aparezcan aún más sombras, estas cobren vida y además no paren de moverse a nuestra espalda.
Saint-Saëns es muy diferente y como prueba de ello hay que oír estos minutos en que el órgano tiene su protagonismo en un ejercicio completamente distinto, lleno de luz y color.
Aquí uno se olvida de todo lo anterior y sin ninguna duda se desdice de todo lo que he explicado antes.
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