
En la libreta de piezas de música que poco a poco se construye en mi libro «Los cisnes no tienen alma, los violines sí» incluí solo una obra de Brahms, la famosa Canción de Cuna.
Es extraño, porque es uno de mis compositores favoritos. Su romanticismo es de una gran sutileza y elegancia. Además, este es uno de los grandes conciertazos para piano del repertorio y seguro estaría entre los mejores, por diferentes motivos. Por eso no me he atrevido a cortarlo o a mostrar únicamente alguno de los movimientos.
Son aproximadamente cincuenta minutos en que no sobra ni falta nada.
Incluye momentos en que la música te lleva de forma inconsciente a
cerrar los ojos como lo haría un buen beso de los que quieres percibir a la vez intensa y suavemente.
A Brahms lo incluyen también en la serie de las tres B’s de los grandes de la música, junto a Bach y a Beethoven. Pensando en el tópico del carácter alemán, se me hace difícil entender como a veces los que hemos nacido en el sur, nos atrevemos a decir que son gente de carácter frío. Si este concierto fuera un pastel estaría en su punto justo, ni soso, ni dulzón. Es un equilibrio perfecto en el que cada vez que uno lo escucha, o lo repite, descubre nuevas sensaciones. A la vez es de admirar cómo se puede crear algo tan bonito sin ningún punto de extravagancia ni licencias accesorias.
A Brahms realmente no le hacen ninguna falta.
Disfrutadlo. Se tiene que escuchar entero y prestando toda la atención. Al menos hacedlo una vez en la vida. Si os lanzáis, os daréis cuenta de que esconde suficiente contenido para repetirlo otra vez en esta o quizás en las próximas vidas.
Los gatos tienen realmente mucha suerte.
